Margarita Rivière
Artesanos. Artistas. Sabios. Curiosos. Vivos. Escritores. Barceloneses. En esta ciudad no solo está el Papa (bye bye!), Facebook, la crisis y las elecciones. Aquí hay gente valiosa, oculta, que ejercita la inteligencia, cultiva el trabajo cuidadoso, paciente, preciso y, con un simple libro, teje complicidades más serias que las de esos amigos impostados de las redes sociales o los arribistas de la mercadotecnia social. Gracias a esta gente sobrevivimos y vivir aquí resulta, en momentos como el presente, un merecido alivio.
Me entenderán bien los libreros; sobre ellos pende el estereotipo de la decadencia: nada de eso, amigos. Menuda Navidad les espera con Mario Vargas Llosa, John Le Carré y el gran Eduardo Mendoza en el mostrador. Los lectores nos frotamos las manos: ¿por cuál empezamos? Mi curiosidad personal va al Madrid de Mendoza: la Guerra Civil, tema trascendente y trágico, deviene producto de una Riña de gatos. ¿Una tontería produce un drama histórico? Mendoza, ese escritor capaz de pensar en cuantos libros tiene que vender para comprarse unos zapatos e imaginar la cola de lectores pagando por su libro, es sagaz, certero. Y su editor, el poeta Pere Gimferrer, se extraña de que aquí se ignore que uno de los motes para referirse a los madrileños es el de gatos. Menos épica y más realidad, puro Mendoza.